Un 10 de enero de 1984, hace 42 años, el béisbol venezolano vivió uno de sus momentos más gloriosos: Luis Ernesto Aparicio Montiel fue exaltado al Salón de la Fama del Béisbol en Cooperstown, convirtiéndose en el primer venezolano —y hasta ahora el único— en recibir ese honor.
Para quienes crecimos escuchando a nuestros padres hablar de béisbol, ese nombre siempre estuvo rodeado de respeto y admiración. Luisito Aparicio, así lo llamaban en casa, con cariño y orgullo. Yo nunca lo vi jugar, pero lo conocí a través de la palabra transmitida, de las historias repetidas con emoción, como se repiten las cosas que importan. En esas conversaciones, Luisito no era solo un pelotero: era un símbolo.
Aparicio destacó sobre todo con los Chicago White Sox, equipo con el que debutó en las Grandes Ligas en 1956 y jugó varias temporadas entre 1956 y 1962, y luego entre 1968 y 1970. Su impacto fue inmediato: ese mismo año ganó el Premio Novato del Año de la Liga Americana y comenzó una racha histórica al liderar la liga en bases robadas nueve temporadas consecutivas, algo que ningún otro jugador ha logrado.
Durante su carrera en Grandes Ligas, Aparicio dejó cifras que hablan por sí solas: 2,677 hits, 506 bases robadas, 1,335 carreras anotadas, y participó en 13 Juegos de Estrellas. A la defensiva, fue igualmente impresionante: ganó nueve Guantes de Oro por su extraordinaria labor como campocorto. Su combinación de velocidad, defensa y consistencia ofensiva lo convirtieron en un referente del béisbol de alto nivel y en el mejor exportador de talento venezolano a las Grandes Ligas de su generación.
Nacido en Maracaibo, Aparicio fue un campocorto excepcional. Su velocidad, su inteligencia para leer el juego y su defensa impecable lo llevaron a brillar durante 18 temporadas en las Grandes Ligas. No era un jugador de estridencias, sino de constancia: cada ejecución, cada jugada, cada robo de base era la manifestación de un talento cultivado con disciplina.
Mis padres hablaban de él con una mezcla de admiración y cercanía. Decían Luisito como si fuera alguien de la familia, como si cada base robada y cada jugada limpia también les perteneciera un poco.
Porque en aquellos años, verlo triunfar allá afuera era sentir que Venezuela también estaba ganando.
Tras su retiro como jugador, Aparicio no se desligó del béisbol venezolano. Fue manager de las Águilas del Zulia desde finales de los años sesenta, incluso como manager-jugador en las primeras temporadas del equipo, y volvió a dirigirlas en distintas etapas, llevándolas a una final en la temporada 1977-1978.
Su relación con las Águilas fue profunda, casi natural: era su equipo, su ciudad, su
Enseñaba desde la experiencia. Su figura transmitía respeto, no temor. Y eso también es liderazgo.
Varias veces lo vi sentado en las gradas del Estadio Luis Aparicio “El Grande”, que lleva el nombre de su padre. Estaba allí, observando el juego, como un aficionado más.
Recuerdo una tarde noche de esas bien cálidas por el calor típico de la ciudad, pero también por la algarabía de los fanáticos molestos con las Águilas, el equipo jugaba mal, la gente se impacientaba y desde algún lugar de la grada alguien gritó: “¡Luisito debería estar ahí abajo dirigiendo!”.Él estaba allí. Tranquilo. Mirando el juego. Se levantó, saludó a algunos fanáticos y volvió a sentarse. No dijo nada. No hizo falta. Su sola presencia recordaba que el béisbol también se honra desde la serenidad y la humildad.
Luis Aparicio no solo dejó estadísticas, trofeos o récords. Dejó un camino abierto. Fue el primero en demostrar que un venezolano podía llegar al Salón de la Fama sin perder su identidad. Su legado vive en cada niño que sueña con un guante, en cada conversación familiar sobre béisbol, en cada orgullo silencioso que todavía sentimos al pronunciar su nombre.
Luisito Aparicio es el béisbol venezolano. Vive en la memoria, en el ejemplo y en esa forma digna de ser grande sin dejar de ser cercano. Y mientras eso exista, su lugar en la historia seguirá intacto.
Profa Luz Neira Parra