Sábado 24 de enero de 2026
Opinión

Europa frena, América Latina espera: el acuerdo que desnuda una relación desigual (Por la Dra. Luz Neira Parra)

Durante veinticinco años, América Latina esperó. Esperó gobiernos europeos estables, cambios de humor en Bruselas, crisis agrícolas en Francia, elecciones…

Europa frena, América Latina espera: el acuerdo que desnuda una relación desigual (Por la Dra. Luz Neira Parra)
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Durante veinticinco años, América Latina esperó. Esperó gobiernos europeos estables, cambios de humor en Bruselas, crisis agrícolas en Francia, elecciones en Alemania, nuevas sensibilidades ambientales y viejos miedos proteccionistas.

Esperó mientras reformaba economías, abría mercados y sostenía un Mercosur imperfecto, pero vivo. Por eso, el reciente freno político al acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur no es solo una decisión técnica: es un gesto simbólico que confirma una verdad incómoda para la región.

Desde la mirada latinoamericana, el problema no es que Europa dude. El problema es que duda después de aprobar, después de prometer, después de exigir. Veinticinco años no constituyen una negociación; constituyen una espera prolongada que revela una asimetría profunda. Europa no tarda un cuarto de siglo en cerrar acuerdos con actores que considera estratégicos. Cuando lo hace con América Latina, el mensaje implícito es claro: no hay urgencia, no hay prioridad, no hay igualdad.

El argumento europeo se presenta envuelto en un lenguaje virtuoso: protección ambiental, defensa del clima, estándares sociales, cuidado del productor local. Todo eso suena razonable, incluso necesario. Pero visto desde el sur, ese discurso aparece selectivo. Europa comercia sin grandes escrúpulos con países cuyos estándares laborales y ambientales son inferiores a los del Mercosur.

Importa energía, minerales y bienes estratégicos de regímenes autoritarios sin que el lenguaje moral se interponga con la misma firmeza. El ambientalismo, en este caso, funciona como un proteccionismo sofisticado, una barrera elegante que protege intereses internos mientras se preserva la superioridad ética.
El momento geopolítico hace este revés aún más revelador. Europa atraviesa una etapa de fragilidad estratégica. La relación con Estados Unidos es incierta, la guerra en Ucrania reconfigura prioridades, la dependencia energética pesa y la competencia con China se intensifica. En ese contexto, América Latina aparece como un socio natural: culturalmente cercano, sin conflictos militares, con recursos, alimentos y afinidad histórica. Y, sin embargo, Europa prefiere frenar. No porque el acuerdo sea inviable, sino porque el costo político interno resulta demasiado alto. El agricultor europeo pesa más que la alianza estratégica con una región entera.
Para América Latina, la señal es dura pero nítida. Europa necesita proveedores, no socios. Necesita materias primas, no interlocutores. Necesita mercados abiertos, pero no compromisos recíprocos que impliquen incomodidades domésticas. El acuerdo se convierte así en un espejo que refleja una relación todavía anclada en viejas jerarquías, donde el norte evalúa y el sur espera.
Este revés también tiene efectos internos en la región. Gobiernos que defendieron el acuerdo quedan debilitados, sectores productivos pierden confianza en la vía europea y se refuerza un escepticismo largamente cultivado: Europa promete más de lo que cumple. La consecuencia no es ideológica, sino pragmática. América Latina, cansada de esperar, mira hacia otros actores con menos discursos y más certezas. No porque esos vínculos sean mejores, sino porque son menos ambiguos.
Sin embargo, una lectura honesta exige autocrítica. El Mercosur nunca logró hablar con una sola voz. La región permitió que Europa negociara con fragmentos, no con un bloque sólido. La narrativa ambiental fue reactiva, defensiva, tardía. Se subestimó el peso de los lobbies europeos y se confió demasiado en la inercia diplomática. Europa no inventó las debilidades del Mercosur; simplemente supo utilizarlas.
Aun así, el fondo del problema no es técnico ni comercial. Es político y, en cierto modo, civilizatorio. Europa sigue viéndose como el estándar moral del mundo, mientras América Latina es tratada como un espacio a corregir, no como un interlocutor que dialoga en igualdad. El acuerdo no se frena porque América Latina no esté lista, sino porque Europa no está dispuesta a asumir el costo de tratarla como par.
Después de veinticinco años, lo que se rompe no es un tratado. Se rompe la paciencia. América Latina no puede seguir esperando eternamente a una Europa que duda cuando ya decidió, que exige cuando ya concedió, y que frena justo cuando más necesita aliados. El verdadero riesgo no es económico. Es político: perder definitivamente a una región que, durante demasiado tiempo, estuvo dispuesta a creer.

Noticia al Día/Por Luz Neira Parra

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