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Docentes jubilados: “Humillados y ofendidos” (Nirso Varela)

 Los docentes jubilados del Ministerio de Educación recibirán treinta y cinco dólares mensuales con el nuevo aumento del bono. Sumarán en total ciento setenta y cinco dólares mensuales, muy por debajo de los vergonzosos doscientos cuarenta en que se estimó el “salario mínimo integral”. En sus cuentas nóminas reales, donde por más de treinta años la administración educativa depositó sus verdaderos emolumentos, hoy no perciben nada. Los salarios están en cero.

Las luchas de los docentes son el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal, entre oprimidos y opresores.  Las respuestas han sido humillantes y ofensivas. Al mutismo y la mentira, siguió el diferimiento una y otra vez de la firma del Contrato Colectivo, mientras ministerios y sindicaleros vendidos se reunían en un ambiente de total hipocresía para elucubrar nuevas mentiras dilatorias.

Controlar la educación es pretender hacer de los educadores fichas de juego, peones de ajedrez, títeres y focas de concentraciones, para sumirlos en una especie de muerte emocional, sin entusiasmo, para que vayan a las escuelas y liceos a repetir las consignas de los subyugados, sin confrontar prototipos, crear nuevos paradigmas ni alcanzar experiencias pedagógicas significativas.

Los bonos constituyen una forma de control social miserable y humillante. Parecen parte de un plan urdido para depreciar la educación pública e implantar un modelo educativo para el adoctrinamiento y la manipulación. Porque sencillamente, el sistema paralelo de misiones “educativas” Robinson y Rivas, fracasó asfixiado por su propia bajeza y corrupción.

La educación venezolana sufre su peor momento. La mediocridad ha invadido las instancias administrativas. Cursa una etapa de oscurantismo, decadencia, politiquería, primitivismo y marginalidad de la práctica docente. La educación pública y las universidades son las víctimas más sensibles de la crisis humanitaria. Por eso, las manifestaciones de calle, más que exigir justos derechos laborales, buscan mantener en vigencia la dignidad del sistema educativo venezolano, hoy por hoy, humillado, ofendido y destruido.

Los beneficios contractuales del pasado fueron arrojados al retrete. En su momento, constituyeron conquistas alcanzadas tras años de luchas, donde se sumaron importantes logros para la seguridad social, HCM, y aumentos salariales modestos pero suficientes, para vivir con dignidad, acceder a un patrimonio familiar, progresar y, sobre todo, invertir en nuevas herramientas didácticas y estudios de postgrado, en el proceso de mejoramiento profesional.

De eso no queda absolutamente nada. Los Contratos han sido pisoteados. Poco importan los títulos universitarios, el escalafón académico ni la integridad laboral. Existe un muro ideológico que impide el acceso a una educación de calidad, y un único camino que conduce a la sumisión y exaltación de los “ídolos” en el poder.

Como en la obra de Fiódor Dostoyevski, “Humillados y ofendidos” (1861), los educadores narran el drama social venezolano en primera persona, como arte y parte, como actores, testigos y dolientes. Hay similitudes entre el título y la trama de la novela del autor ruso de la época zarista, y la realidad que viven actualmente los educadores y la Educación en Venezuela.

Los docentes activos y jubilados lloran de impotencia, al ver que sus vidas se volvieron nada, sin presente ni futuro, sin siquiera condiciones mínimas para sobrevivir. Lloran por sus alumnos, esa inmensa mayoría de niños y jóvenes marginales, propensos a ser víctimas de proxenetas que los inducirán a la delincuencia y la prostitución, por el hecho de estudiar en escuelas para pobres, bajo los rigores de una pobre educación.

No obstante, los verdaderos educadores continúan dictando cátedras para la convivencia y la autoestima, en la calle o en las aulas, sin seguir las patrañas que emanan de los entes burocráticos. Siguen las luchas de la dignidad profesional, con mil necesidades, en medio de amenazas, traicionados por sus pusilánimes dirigentes gremiales, con bonos humillantes, locales educativos en ruinas y deserción escolar, pero con la frente en alto.

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