En una jornada electoral que marca el fin del "excepcionalismo portugués", casi seis millones de ciudadanos acudieron a las urnas este domingo para elegir al sucesor de Marcelo Rebelo de Sousa. Los resultados obligan a la celebración de un balotaje, un escenario que no se producía en el país desde 1986, confirmando una profunda transformación hacia un sistema político más fragmentado y polarizado.
La jornada destacó por una movilización inusual: la abstención cayó al 47%, su nivel más bajo en los últimos quince años. Según analistas, este interés ciudadano responde a la competitividad de los comicios, en los que un tercio de los votantes esperó hasta la última semana para definir su preferencia.
Para Luca Manucci, investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, el país atraviesa un cambio estructural. "El hecho de que vuelva a ser necesaria una segunda vuelta es, por sí solo, un indicador de ese cambio", señala el experto, quien destaca que la izquierda radical ha perdido capacidad para estructurar el debate, mientras que la derecha radical de André Ventura ha reconfigurado el panorama nacional en tiempo récord.
Ventura, con un discurso de estilo "bolsonarista", ha logrado normalizar en Portugal los patrones de éxito de la derecha radical global. Manucci sugiere que el candidato podría enfrentar ahora una dinámica de "cordón sanitario", similar a la que ocurre en Francia con la familia Le Pen, donde las fuerzas moderadas convergen para frenar el avance de opciones extremistas en la instancia final.
Además del quiebre político, estas elecciones representan un hito generacional: será la primera vez que Portugal elija a un presidente que no vivió la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974. De este modo, el mandatario que tome posesión el próximo 9 de marzo liderará un país que ha cerrado definitivamente el ciclo político de la transición democrática para adentrarse en un escenario de nuevas y complejas alianzas.
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