En el año 1810, en un modesto exilio en el Reino Unido, se apagaba la vida de Charles-Geneviève d’Eon de Beaumont, conocido por la historia como el Chevalier d’Eon. Tenía 81 años y dejaba atrás una existencia digna de la mejor novela de ficción.
Nacido en Francia en 1728, d’Eon no fue un hombre común. Poseía una mente brillante, una agilidad innata para la esgrima y un talento camaleónico que pronto llamó la atención de la corona francesa. Durante años, trabajó activamente en «El Secreto del Rey» (Le Secret du Roi), la red de espionaje privada del rey Luis XV.
Para cumplir sus misiones diplomáticas y de inteligencia, d’Eon se infiltró en las cortes más exclusivas de Europa. ¿Su método más infalible? Presentarse y vivir abiertamente como una mujer. De hecho, se dice que logró ganarse la confianza de la mismísima emperatriz Isabel de Rusia presentándose ante ella como la «Mademoiselle de Beaumont».
Conviene recordar, al repasar su biografía, que el gusto o la necesidad de algunos hombres de vestirse de mujer, como se ve, no es nada nuevo y ocurría hasta en la época de Bolívar —por situarnos en ese contexto histórico de principios del siglo XIX—, demostrando que la fluidez de la identidad y el travestismo han cruzado fronteras y épocas mucho antes de lo que solemos pensar.
Tras servir fielmente a Francia hasta 1763, las intrigas políticas y un agrio enfrentamiento con el nuevo embajador francés en Londres lo llevaron a un exilio forzado en el Reino Unido. Lo curioso es que el mito en torno a su género creció tanto que el propio gobierno francés, años más tarde, le reconoció oficialmente el derecho a ser considerada mujer, obligándolo (o permitiéndole, según se mire) a vestir ropas femeninas de forma permanente a cambio de una pensión.
El Chevalier d’Eon pasó los últimos 33 años de su vida vistiendo exclusivamente de mujer. Cuando falleció en aquel 1810, los médicos que examinaron su cuerpo confirmaron, para sorpresa de muchos que aún dudaban, que biológicamente era un hombre.
Hoy en día, su legado es tan grande que el término eonismo se utilizó durante mucho tiempo en la psicología para describir el travestismo de base identitaria. Una vida audaz, vivida a caballo entre dos géneros, en un mundo que apenas empezaba a entender la complejidad humana.