La "Tierra del Sol Amada" tendrá la oportunidad de escuchar la dulce y melódica voz de una de sus hijas prodigio, Aura Valentina, quien el próximo sábado 27 de septiembre ofrecerá un íntimo recital en la urbanización Isla Dorada, en el marco de una serie de actividades denominadas "La Orilla Cultural".
Aura Valentina nació hace 37 años en Maracaibo y desde su adolescencia se inclinó por la música y el canto, tomando clases de guitarra que con los años la convirtieron en una excelente ejecutante del instrumento, explorando diversos géneros, así como el folclor nacional y a sus mejores intérpretes.
Es hija del reconocido poeta falconiano Blas Perozo (1943-2020) y durante su trayectoria, ha estado en presentaciones colectivas y privadas. En su visita a Maracaibo este sábado 27 de septiembre, debutará como solista en la sede de la Asociación Zuliana para el Arte de la Danza (AZUDANZA), en Isla Dorada.
La entrada para este recital será libre pero personalizada y quienes deseen asistir deberán reservar su puesto llamando al número 0424-6091671. Será una velada en la que Aura Valentina derrochará todo el talento artístico que posee, regalándole al público marabino un inolvidable y sentido repertorio.
Habitar la canción con asombros
El equipo reporteril de Noticia al Día le realizó una entrevista Aura Valentina para conocer un poco más sobre sus logros y planes a futuro, pues es ella es una de los pocos artistas del país que pretende musicalizar poemas y llevarlos a canciones, tal y como lo hacía el "Cantor de todos los Tiempos"; Don Armando Molero.
Algo que sorprende, al leer tu currículo y oírte cantar, es que este evento en La Orilla Cultural sea tu debut. Das la impresión de haberlo hecho mucho, de tener ya experiencia profesional. Tu presencia en escena no es la de una cantante que comienza. Hay cierta confianza que cautiva, un encanto en la comunicación con los receptores. ¿Qué nos dices sobre esto?
–La respuesta tiene que ver con mis tiempos interiores. La música siempre me ha acompañado como asombro especialísimo de vivir. Hacia los 14 años empecé a descubrir la guitarra y comencé a intimar con ella, pero cantaba más para mí que para los demás.
Cantar siempre ha sido un acto muy privado, íntimo, visceral, aun cuando es en público. Por eso me costaba, y todavía me cuesta, cantar ante los demás, a pesar de que canto también para los demás. Es ofrecerse y darse entero, sonar y resonar… como lo dice Violeta Parra: “el canto de ustedes que es el mismo canto, el canto de todos que es mi propio canto”.
Es a la vez fundirse, unirse y deshacerse. Pienso también que este ha sido un deseo personal y profesional que ha necesitado del tiempo para madurar, y para imponerse como decisión de vida, proyecto y camino para decir-hacer cantando.
San Agustín aseguraba que cantando se oraba dos veces, si bien se puede precisar que eran oraciones distintas, dándose la mano como plegaria. Siempre pensé que la irresoluble tensión que hay entre la palabra y la música era un problema del compositor. Es cierto que reconozco felicísimos encuentros: todo Bach, y el Schubert vocal, los Kindertotenlieder de Mahler; el Serrat con Machado en España o el tour de force de Chico Buarque en Brasil; Yupanqui, más cerca de nosotros, y Otilio Galíndez, ya nosotros mismos.
Oyéndote cantar me doy cuenta de la responsabilidad del intérprete en esto. Percibo que las letras son un hecho fundamental para construir tu expresión musical. ¿Cuánto tiene que ver el ser "la hija del poeta" Blas Perozo en la convivencia con la palabra poética, que es la más cercana a la música, sin serlo?
–Las canciones llegan a mí como mensajes totales, como asombros, y me atrapan. Creo que ese magnetismo entre palabra y música es una de las fuerzas que me hechizan y me atraen de una obra. Las canciones me van habitando, convivo con ellas un tiempo y un día empiezan a hacerse cuerpo, voz, vibración. Entonces más que escogerlas yo a ellas, son ellas las que me atrapan, me toman, y yo me dejo habitar por ellas para tratar de vivirlas a través de mi cuerpo.
La convivencia con mi papá ha tenido muchísimo que ver en la formación de mi sensibilidad y de mis gustos artísticos. La vida con él estuvo llena de significados poéticos, y de un gusto por la contemplación, un humor-amor por la belleza del hablar, de las voces ancestrales y las voces de la ciudad; una observación de la palabra y también de los silencios. Nuestra relación fue un espacio, un acto, un andar poético, su propia vida lo era, y eso influyó mucho en mi oído y mi mirada. Seguramente cuando canto, algo de mi papá está resonando en mí.
En tu contexto generacional, el repertorio latinoamericano parece definirte. Otras voces venezolanas destacadas –pienso, al menos, en Fabiola José, Luisana Pérez, José Alejandro Delgado– se centran en la música venezolana. Esto es un riesgo “latinoamericanista”, por la inmensa variedad que logras salvar con una estilización que ofrece unidad.
Hermanas una ranchera con una canción popular venezolana del siglo XIX; una obra de Silvio Rodríguez con un bossa-nova; una danza zuliana con un candombe de Zitarrosa. Esto permite –en tiempos de algoritmos de mercado y del exceso de la información– darle al repertorio un sentido mayor como conjunto. No es una pieza, sino propiamente un programa de concierto. ¿De dónde viene todo esto?
–Creo que hay un sentir que atrae a todas estas canciones, tan distintas en cuanto a sus orígenes, ritmos y colores. Yo me siento conmovida por esas canciones. Son canciones de Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Bola de Nieve, Chabuca Granda, cantos anónimos de lo popular venezolano, serenatas románticas, cantos ancestrales del Sur, boleros, rancheras, poemas de mi padre y de Lydda Franco, de Gustavo Pereira, de García Lorca, en fin, pedazos de muchas partes y tiempos, donde sin duda la lengua castellana, la memoria, la tierra y el sentir latinoamericano caracterizan el repertorio, pero no sé si caracterizan del todo mi manera de cantar. Más bien, en la interpretación siento que canto desde un lugar sin tiempo, que no es sólo latinoamericano. Creo que es un espacio humano compartido… ese lugar es quizás mi silencio, que en ese momento, si ocurre la magia, se comunica con el silencio de los demás.
Otra cosa que llama la atención, y vuelvo a recordar a tu padre, es la relación con la poesía cantada, incluyendo composiciones propias. Que recuerde, no ha habido un cantante venezolano que haya tenido como principal cometido artístico musicalizar la poética venezolana. Es más, valoro tu trabajo con el compositor zuliano Atenógenes Urribarrí, porque dignifica la labor de los intérpretes, como lo han hecho los más destacados, dándole difusión a la obra de los compositores contemporáneos. Háblanos de tu relación musical con la poesía, así como de Urribarrí en tu vida.
-La música es un vehículo maravilloso para la lectura, para la palabra, y para tantas otras cosas. Debe ser porque es anterior e interior a la palabra. La primera referencia para mí fueron los poemas que Paco Ibáñez musicalizó. Algunas de esas canciones las escuchaba desde niña, y luego en algún despertar de la adolescencia, conocí sus discos en el Olimpia, donde canta a Machado, Alberti, Lorca, Quevedo, Manrique, Juan Ruiz entre otros, incluso a Nicolás Guillén, creo que el único latinoamericano en ese trabajo. Esos discos me atraparon, y por ahí fui despertando a esas voces.
La poesía llegó a mí por la convivencia con mi papá, pero la lectura propia se estableció más por la convivencia profesional con Atenógenes, por el trabajo musical que hemos hecho a partir del año 2010. Participando en sus talleres y grupos musicales (actualmente en el Aljibe Ensamble), conocí la poesía de Lydda Franco Farías, que ya era una presencia en mi casa, y se convirtió en una voz muy cercana; también la de mi propio padre, que no había leído a profundidad, y que ahora valoro mucho mejor.
Vimos a Atenógenes hacer canciones y ensayos poético-musicales con poemas de ellos, de Valera Mora, Gustavo Pereira, Ana Enriqueta Terán, Ramón Palomares; nos puso a cantar a García Lorca en ritmo de gaita de tambora del Sur del Lago, de sangueo, de san millán. Ha musicalizado más de 150 poemas de unos 26 autores, y ha llamado a esa propuesta “Cantapalabra”.
En esa experiencia, que además ha sido para mí una aproximación a la composición, hemos entablado con la poesía una cercanía lúdica, desde el cuerpo, y la música ha sido el vehículo de ese acto mágico. Presenciar la disposición de artistas como Atenógenes ante el hecho creativo, y participar de él, es para mí un gran goce y aprendizaje.
Luego, formé parte de talleres y grupos de cantos ancestrales en Argentina, con Claudia Salomone, profesora, música e investigadora, que casualmente estaba haciendo en ese momento un trabajo con poesía cantada, en el que participé como cantante. Al volver a Venezuela, luego de dos años, compuse algunas canciones con poemas de Lydda, de mi papá, de María Calcaño y de Alberti.
Para finalizar, qué puedes agregar sobre este concierto, el ritual de tu debut que se llevará acabo el día 27 de septiembre, en un lugar especial, La Orilla Cultural, y dinos qué viene después.
–Este recital es un convite abierto, un paseo por esos paisajes y tiempos que dibujan las canciones. Deseo que sea una invocación a la música misma, y una apuesta por la belleza, que es un derecho de todos, en medio de un tiempo en el que se pretende imponer la lógica y la estética de la guerra, de la muerte en todas las dimensiones del vivir. Así que asumo cantar estas canciones como una apuesta desde y hacia la vida.
En este concierto solista, interpretaré una parte del repertorio con mi propio acompañamiento en la guitarra, el cuatro, y la caja coplera, y en la otra parte, contaré con el valioso acompañamiento en la guitarra y el cuatro de Ender Silva. También estarán como invitados especiales Atenógenes Urribarrí y Doriángel Arráez. Todos son para mí, presencias de sólida trayectoria y bella musicalidad.
Como solista, deseo seguir cultivando la voz, estudiando repertorios y memorias sonoras. Estoy trabajando en nuevos programas, en la poesía cantada, y al mismo tiempo, atendiendo llamados que he sentido siempre por la ranchera y el bolero, la trova y la bossa, como también por los cantos ancestrales y la música popular más antigua. Me cautiva la voz desnuda, como la que se eleva de las bagualas y los cantos de trabajo: ese es y será siempre un tema de exploración para mí. Así que, respondiendo a tu pregunta, lo que viene es continuar cultivándome y explorando inquietudes y repertorios para seguir compartiendo asombros desde el canto y la poesía.




Noticia al Día / José Gregorio Flores