El abuelo cerró la puerta con llave. Había estado muy misterioso estos días. Sonó a medio volumen la cornetita. Hablaba con personas. Esta vez no era como antes. Las voces existían. Había gente con él. La curiosidad mató al gato. Se asomó por el ojo de la cerradura. Su ojo se encontró con el del abuelo.
– Qué andas mirando, Alejandro?, dijo. El chico se asustó, al verse descubierto. Quedó helado a un lado de la puerta. Minutos, como 9 o 12 , sin respirar. La puerta lloró, como siempre, por las bisagras oxidadas.
– Entra, Alejandro, invitó el abuelo.
En la pieza, una mesa servida. Comida especial de Navidad. Copas y dulces.
– De dónde sacaste esto abuelo?
– Contrabando que he venido metiendo, Alejandro.
– Vienen tus amigos, abuelo?
– Si, poco a poco irán llegando. Siéntate, te provoca una galleta? Yo tomaré una cerveza.
El abuelo era misterioso, rudo y muy sentimental, Alejandro lo pillaba cuando se hacía lágrimas al cortar una flor de ave del paraíso o cuando reventaban las trinitarias. Sabía que las lágrimas eran por ella.
A las 11 fueron saliendo del baño, tomaron asiento.
– Abuelo, cómo entraron?, pregunto, Alejandro
– Viven aquí conmigo, Alejandro.
Te presento a Mi María Bonita
Estaba radiante, pulseras de cuero, la medalla de La Guadalupe, el cabello negro, los pantalones cortos mostaza (su color preferido) botas altas, ojos vivos, inquietos, sonreír queriendo, menudita, afable, grandiosa. La amaba y ella lo amaba, luego, Alberto, El gordo, amigo de toda la vida, sincero, jocoso, de silencios largos, María Auxiliadora, Heberto, Marcos, Maritza, hermanos queridos.
Un poco después, Marcos y Ángela, sus padres, bisabuelos de Alejandro. Se sumaban tantos amigos: Pedro López, Eduardo Semprún, Alberto Alvarado, Ciro Contreras. Reían, recordaban los días como si el tiempo se hubiese detenido. Encendió El abuelo un cigarrillo.
– Eso te va a matar, dijo Heberto, su hermano.
– Y eso es malo? Todos rieron.
El comentario general fue "este chiquillo se parece a ti a esa edad". Alejandro fue pasando de brazo en brazo.
El abuelo besó a su María Bonita, acarició su pelo. Hablaron bajo. Alejandro alcanzó a escuchar cuando El abuelo le dijo "espérame pronto", y ella le respondió " no te apresures, el tiempo no importa". En la cena se habló de mil cosas. El abuelo les contaba lo que en el mundo, esa vida que transcurría fuera de la pieza, había pasado. Se maravillaban con cada invento. Decían " no te creo" y reían a carcajadas.
Sonaron las 12, comieron las uvas, lloraron abrazados. Regresaron tristes al baño. El abuelo invitó a su nieto a ver su película favorita, se quedó dormido, Alejandro, a las tres de la mañana, lo sintió despertar, darle un beso en la frente, ir al baño de donde se escucharon voces y risas y desde donde no volvió jamás.
El abuelo se distrajo, Mi María Bonita, llevó al niño al rincón de la mecedora, lo sentó en sus piernas, la miraba con ojos iluminados llenos de curiosidad.
– Quieres que te cuente cómo lo conocí?
– Siii
– Pues por facebook, me enamoraron sus poemas, sus historias, dije que sería el amor de mi vida, la poeta Manona, esa que ves allí, me habló de él y me animó a escribirle. Al principio no me quería, yo persistí, les dije a mis amigas "esta noche me lo beso, no fue esa noche, Pero, después si".
A esa habitación llegaron cientos. Alejandro descubrió la vida de su abuelo. La pieza terminó siendo suya. Servía la mesa, aguardaba que volvieran, nunca vinieron y, entonces, él fue a buscarles cuando cumplía 78 años, por octubre, con lluvias y cielos grises.
JC