En medio del ajetreo cotidiano de la Clínica Madre Rafols, donde el tiempo parece medirse por la urgencia y las esperas, surge un momento de paz y belleza que ha robado las miradas de pacientes y personal médico.
Se trata de una pequeña que, ante la espera de su consulta, decidió transformar un amplio y luminoso pasillo del centro de salud en su escenario particular. Con la espontaneidad propia de la infancia, la niña comenzó a seguir el ritmo de una melodía interna, desplegando sus pasos de danza y convirtiendo la espera en una coreografía llena de inocencia.
Para muchos de los niños que frecuentan este centro, este espacio se ha convertido en mucho más que una zona de tránsito; es su lugar de encuentro y juegos. Sus amplios ventanales, que permiten que la luz del sol marabino inunde cada rincón, crean el ambiente perfecto para que el miedo y la incertidumbre del entorno clínico desaparezcan, dejando espacio para la imaginación.
Verla bailar nos recuerda que, incluso en los momentos de espera, siempre hay motivos para sonreír.
Este pequeño rincón de la clínica ha demostrado ser un refugio necesario. La amplitud del lugar y la calidez de su iluminación no solo facilitan el movimiento, sino que invitan a los más pequeños a ser ellos mismos. La danza de esta niña, libre de prejuicios y llena de vitalidad, ha servido como un recordatorio amable para todos los presentes: la alegría es la mejor terapia y a veces, solo hace falta un poco de luz y un suelo firme para elevar el espíritu, incluso en los lugares menos pensados.
Arelys Munda
Noticia al Día